A 62 AÑOS DE LA PRIMERA EDICIÓN DE “VOCES”, DE ANTONIO PORCHIA
Escribe: Alberto Luis Ponzo
LA
ALTURA DE UN IDIOMA FRATERNAL
La
sustancialidad de la obra de Antonio Porchia (29/ XI/1986-9/XI/68) exige una
extremada penetración y representa una experiencia impar para el que se acerca
a ella por primera vez. La dimensión de su material verbal, la extensión
formal característica de su estilo y la totalidad encerrada en sus límites, no
guardan relación con los alcances de su significado y el entrañable peso de
las palabras
Es
muy difícil “ubicar” a Porchia dentro de la literatura argentina, no sólo
por su expresión alejada de las tendencias más difundidas, sino por su actitud
y voluntad de responder con su vida al pensamiento esencialmente poético. Sus
creencias fundamentales no son contrapuestas a su manera de vivir. Mientras hay
escritores que esperan homenajes, triunfos y halagos que son la muerte de la
humildad, Porchia enseña que no hay expresiones para ganar nada, sino para
“ser ganado” por la revelación y la gracia de un momento cósmico.
“Sin
el poema, ¿qué es el hombre? Sin el hombre, ¿qué es el poema?” Con una
forma de vida artificial, con el frecuente desdoblamiento que se da en una obra
ante las circunstancias de su realización, no puede haber mañana en el arte,
ni mañana en los seres humanos.
Lejos
de toda seducción, al margen de la despiadada competencia literaria, Antonio
Porchia iba por donde lo llevaban sus palabras, y éstas se ajustaban
desnudamente a todos sus actos. Modelaba y además era modelado por sus verdades
y sus errores. Porque “Quien dice la verdad, casi no dice nada”. De los
errores puede decirse mucho más, porque “Una cosa sana no respira”, no se
siente respirar, diríamos, mientras vivimos sintiendo a nuestro alrededor cómo
sufren otros los errores del mundo, cómo se mueven los hombres para cometer
nuevos errores.
Porchia-escritor
no ignora que sobre su vida transcurren otras vidas y que sobre su azarosa búsqueda
de verdad hay grandes y efímeros momentos que se encarnan en los pequeños y
eternos momentos del “Poema-Voz”.
Enseñar
a “ganarlo todo” es la peor enseñanza de nuestra civilización: ganar
prestigio, influencia o poder que sólo conducen a la pobreza del Arte. “Y
menos mal que yo me enseñé, solo, a perderlo todo”, dice con voz y ojos que
no sólo denuncian la profundidad de su mente, sino la dignidad extraña y dulce
para saber desprenderse de lo innecesario, así sea en el lenguaje como en la
vida diaria, en esa otra profundidad de la subsistencia difícil.
Si
hubiera que resumir la clave de esta subsistencia en una sola de sus “Voces”
(cuya primera edición, con el sello de “Impulso”, se
conoció en 1943), tal vez serviría de ejemplo la que expresa: “He
llegado a un paso de todo. Y aquí me quedo, lejos de todo, a un paso.”
¿No
llegó justamente a un paso de todo Antonio Porchia? ¿No estaba lejos de todo:
de los aplausos, de la riqueza, de “la degradación del nivel de vida y la
soberanía del objeto”, como dijo Octavio Paz? (1) ¿No estaba a un paso del
Universo y lejos de las ambiciones que lo desintegran día a día? ¿No estaba a
un paso del infierno y del paraíso, cuando confesaba: “Iría al paraíso,
pero con mi infierno; solo, no”? ¿No estaba lejos del dolor y de la
felicidad, cuando admitía que “Herir al corazón es crearlo”?
El
creaba su corazón a cada instante. No escribía sobre su vida, sino “desde”
su vida. Por eso no empleaba la extensión, sino la intensidad.
Porchia
decía: “Mi última creencia es
sufrir. Y comienzo a creer que no sufro.” Por eso creía tanto y no hacía
ninguna “obra”; de acuerdo con
su propio pensamiento, las “Voces” se hacían en él.
Llegaba
a la experiencia poética totalmente inocente, porque no esperaba “llegar”.
Pero no se llega a ninguna parte, y menos en la poesía, sin libertad de pesar,
de ver, de sentir. Es una libertad pagada “con mi encadenamiento a la
tierra”, decía. Llegar es entonces un constante empezar a conocer; no es la
posesión del conocimiento, sino el contacto inicial con la palabra cargada de
circunstancias comunes o extraordinarias. Es un no llegar nunca, un no saber
llegar, Y una revelación no buscada a un paso de la
llegada.
Las
“Voces” de Porchia fueron reveladas mucho antes de haber sido escritas. No
se adelantas a la visión, sino que la preparan. Y también él no se adelanta a
su vida, sino que la siente antes y la ciñe a sus deberes esenciales, a sus
escasas necesidades, que de tan pocas lo hacen vivir más, como si el ser se
extendiera a medida que las cosas iban desapareciendo
“He
abandonado la indigente necesidad de vivir. Vivo sin ella”. ¿Vivía él
realmente sin esa necesidad, o necesitaba privarse de las cosas para
comprenderlas? ¿Nacieron sus “Voces” cuando se sentía más incomunicado, o
llegaron después de unir todas las voces que lo acompañaban, de lejos o de
cerca?
Las
alusiones a la soledad, al vacío, al dolor –contingencias que trataba sin
amargura, con inflexible conducta que no reclama ningún consuelo o protección-
son frecuentes y constituyen temas envolventes de inesperados sesgos expresivos.
Pero significan, además de una actitud abnegada, un elemento vital que
introduce en la escritura para iluminar los lados opuestos de la realidad.
En
esta forma Antonio Porchia recurre a lo pasajero para hacer ver la eternidad, a
la caída para sentir el ascenso, a la pequeñez para acercarse a la grandeza, a
la oscuridad para alumbrar el lenguaje
Logra,
por último, remover su experiencia hasta el abismo y desde allí, sin engaños
ni desvaídos discursos, con la altura de un lenguaje fraternal, “con el aire
y la nada”, como afirma el crítico e historiador David Vogelman (2), viene a
nosotros.
(1)
Octavio Paz, en “Los signos en rotación”, Sur, Bs. Aires, 1965.
(2)
David Vogelman, “La vida detrás de las palabras”, Revista
“Crisis” Nº37, Bs. Aires, mayo 1976.
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(Del
libro “Antonio Porchia, el poeta del sobresalto”, de Alberto Luis Ponzo.
Epsilón Editora S.R.L., 1986.)
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FALTAN VALORES... SOBRAN PALABRAS
Escribe: Alberto Luis Ponzo
Si
es bastante difícil explicar todo lo que pasa en el mundo, lo bueno y lo malo,
no es menos dificultoso tratar de liberarse de tantas informaciones para
alcanzar algún límite de lo cierto, de aquello
que no lleva el sobrepeso de la diaria deformación de las ideas, a cargo de los
intereses en los distintos extremos del conocimiento.
¡Es
abrumadora la cantidad de papel utilizada para vender noticias o dar detalles
sobre lo que pasa en el mundo! Aparte de los diarios, centenares de
publicaciones se dirigen a los inocentes lectores que sólo aspiran a vivir más felices, a pesar de
los engorrosos problemas que nos esperan cada mañana al despertar.
¿Dónde
quedan los valores entre tantas toneladas de títulos inquietantes,
descontrolados y agresivos, no siempre ajustados a la verdad de los hechos? Las
palabras, entre infinitas expresiones de la realidad, apenas dejan ver
algún “conocimiento” de cierta seriedad
o un honesto reflejo de cada experiencia.
Quiero
decir que con tantas palabras leídas, oídas y repetidas a cada instante,
existe una horrible saturación,
venga de donde venga. Y mientras estamos
bajo esta presión, que tanto tiene que ver con los negocios editoriales y las
políticas del consumo, vemos
perder los valores sustanciales de la humanidad. Los abusos y tergiversaciones
de la comunicación, finalmente, desvían con
su rápida correntada los verdaderos intereses de la cultura y el
pensamiento de la población.
Cuando
hablo de VALORES, no pretendo
entrar en temas de la filosofía, la ciencia o la vida espiritual, aunque
todo ello es parte de lo que entiendo por ese concepto. Para todo ser humano hay
en la tierra posibilidades de participar de los bienes, materiales o
intelectuales, y sólo es posible este derecho si la sociedad, el mundo, el
sistema político y económico, están organizados en función de
los VALORES desarrollados en
cada grupo a especialidad.
Empecemos
rescatando todos los VALORES MORALES
existentes en la sociedad moderna, si
así la titulamos sin hipocresía. Nada de milagroso, proclamado para “vivir
mejor” y encontrar pronto soluciones mágicas.
En
la maravillosa naturaleza humana,
en la más profunda práctica del amor a la vida,
quizás se encuentren todavía,
a modo de vitales energías, las
claves de esta recuperación.
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Escribe: Alberto Luis Ponzo
Si
cada siglo lleva su marca, que es como una etiqueta visible
de enorme dimensión histórica, el que estamos viviendo, como el
anterior, ha sido sellado al rojo por una inconfundible
y quizás permanente presencia en todos los órdenes de la vida: el
sagrado e imparable MARKETING, con
su arrastre de especulaciones impuestas como lo mejor para nuestra cultura.
Esto
quiere decir, lisa y llanamente, que todo o casi todo debe girar alrededor de la
idea de rentabilidad, de valorización industrial, con fuertes objetivos
sociales, culturales y esencialmente negociadores en el menor plazo posible.
Hay
algo más todavía: la desaforada promoción de obras que recorren el mundo, de
la mano de famosos escritores de ciencia-ficción, populares ahora entre los
chicos y no tan chicos que agotan millonarias ediciones, según los datos más
recientes. Sin negar sus realizaciones
en la pantalla o sus fantásticas
narraciones, asoman detrás de estos éxitos
otros “magos” o “hechiceros” en aumentar sus capitales y dominan
el ansiado mercado editorial. Ha dicho el Físico-Químico Tomás Buch en una
nota del diario “Clarín”: Los avances tecnológicos entusiasman pero también
asustan; son a la vez una gran esperanza y un gran riesgo”...
Nos
preguntamos si esto es bueno para chicos y grandes, conquistados por las
acciones de hechiceros, brujos, dragones voladores y otras diversas formas de la
fantasía, en tiempos de crisis cultural y falta de lectura seria, profunda y
aleccionadora para el desarrollo intelectual. Y aquí comienzan nuestras dudas
ante “la avalancha de magos y duendes que invade las librerías” (“Clarín”)...
Creemos que hasta cierta edad es aceptable este mundo desbordante de fantasías
y acciones increíbles; pero no lo es como sistema de enseñanza y adquisición
de experiencias y conocimientos de cualquier índole.
Si
algo faltaba para darle a nuestra época un sello de decadencia cultural, llega
ahora este fenómeno de contaminación masiva de productos que no fomentan los
conocimientos fundamentales de la existencia y producen, desde luego, sólo las
satisfacciones de un mercado ávido de inmensas ganancias. Y todo lo que se gana
en la industria cultural, se irá perdiendo en la FORMACIÓN Y MADURACION del
hombre del futuro.
Hoy,
que no dejamos de lamentar las consecuencias de los pagos al Fondo Monetario,
creo que estamos aumentando otras deudas con el ser humano, desviado una
vez más de sus naturales emociones y creencias, de los poderes de su propia
vida donde existen las verdaderas FANTASIAS
y MAGIAS del espíritu.
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RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN, CIEN AÑOS DESPUÉS
Escribe: Alberto Luis Ponzo
Allá
por los años 80 del siglo de su nacimiento, conocimos al poeta
de “Violín del diablo” y otras obras memorables hoy poco leídas: el
entrañable amigo Raúl González Tuñón. Sí, el buen amigo de todos los
hombres de bien, el escritor que sólo estaba comprometido con la verdad. Fuimos
a verlo a su casa y muchas veces después él estuvo con nosotros, aquí en la
zona de Morón y Castelar. Nuestro interés era saber qué pensaba de la
literatura, de la época difícil que vivíamos, de la gente y sus ambiciones,
sus fracasos o sus pocas posibilidades de vivir con dignidad y justicia. Así,
hablando de estas y muchas cosas más, encontramos al ser más honesto y humilde
que pueda imaginarse. Desde luego, sus respuestas estaban, y están todavía, en
sus libros de poesía, en sus artículos periodísticos, en sus
conferencias.
Raúl
había nacido en el barrio del Once, el 29 de marzo de 1905, cerca de donde había
nacido también el maestro Julio de Caro –nos recuerda Juan Núñez en una
edición de la revista “Hojas del Caminador” (julio 1981). Precisamente, habíamos
elegido este título para una hoja poética que se publica hasta hoy, evocando
así la figura de su “Juancito
Caminador”... Y agrega Núñez que Tuñón tenía sólo 20 años cuando
presentó al editor Gleizer los originales de su primer libro: “Violín del
diablo”. Eran días de luchas laborales, de miseria, de divergencias en la
vida social y cultural. A estas graves condiciones del país se agregaban
otras oposiciones: las impuestas por el Modernismo literario y sus rígidas
normas en la concepción poética.
Como
otros autores de su generación, como Oliverio Girondo, Jacobo Fijman , César
Tiempo y Leopoldo Marechal, Tuñón desconoce reglas o fronteras gramaticales.
Con su segundo libro “Miércoles de ceniza” (1928) obtiene el Premio
Municipal, consagrado por encima de
las ásperas y convencionales ideas oficiales. La obra de González Tuñón
comienza desde entonces a crecer, con
sus firmes ideas políticas, su conducta y su
prodigiosa sensibilidad, que se manifiestan en nuevas y renovadas
publicaciones: “La calle del agujero en la media”(1930)
y “Todos bailan” (Poemas de Juancito Caminador) unos años después.
Son los años previos a la guerra europea y una etapa de duras experiencias,
de aquella tragedia que es
intensamente traducida en obras de contenido desgarrador: “La rosa blindada”
y “La muerte en Madrid”. Bien cerca de la muerte, el horror y el
sufrimiento, Tuñón no encuentra otra resistencia que una poesía combativa que
denuncia la injusticia y los desbordes de la masacre.
Fue
su vida “un gran viaje hacia la verdad que es la vida”, pero siempre dentro
de la más pura ideología en defensa de la libertad, la belleza y el amor sin
restricciones ni posturas sentimentales. Desde sus incansables recorridos por la
ciudad, los barrios, los puertos,
los mercados, las plazas “de los barrios amados”, el poeta vinculado al movimiento de Boedo por su adhesión a las
proclamas populares, ha trascendido por su ruptura a todas las formas de
literatura evasiva y apartada de la realidad. Pruebas de esta afirmación son
sus últimas obras: “”Todos los hombres del mundo son hermanos”,
“Demanda contra el olvido” y “El rumbo de las islas perdidas”, entre
otras.
Inquebrantable
en su actitud de cambiar la vida y la sociedad, como propone la estética del célebre
Arthur Rimbaud, Raúl González Tuñón ha
transmitido a las futuras generaciones un vibrante documento para un mundo sin
conflictos. Aunque esto nos parece una inmensa utopía, su ejemplo de purísima
moral nos ayuda a crear, con lo que
tenemos a nuestro alcance, ese mundo nuevo
del “otro lado de la estrella” y cada vez más cerca de la
fraternidad.
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SIN DIGNIDAD, ¿HACIA DÓNDE VAMOS?
Escribe: Alberto Luis Ponzo
Somos
personas de fácil lenguaje, desde que aprendemos a decir, a nombrar, a
comunicarnos. Nos brotan las palabras, a veces repetidas y gastadas. Llamamos a
las cosas y dotamos de nombres a las sensaciones, a los sentimientos, a nuestras
ambiciones y a nuestros deseos.
Pero
lo esencial sería dotar a las palabras de dignidad, y mejor aún, dar a todos
los actos de la vida el sentido de
dignidad que corresponde. Trabajar con dignidad, ofrecer a los demás una vida
digna, establecer relaciones
con el mayor objetivo de dignidad, gobernar
con dignidad...
Esta
dignidad hacia el mundo que nos rodea no es hoy posible, de acuerdo con las
características de la sociedad de este milenio. Sin embargo, no faltan los
ejemplos de una dignidad que aumenta los valores humanos, mucho más que los depósitos
en un Banco. Las personas con dignidad están en todos lados, las vemos haciendo
sus compras, buscando la felicidad, peleando cada día por
vivir libremente, ayudando a los más necesitados, manifestado su
solidaridad, oponiéndose a la
estafa, al engaño, a las “inmensas ruindades y traiciones”, según
se ha dicho en una oportunidad al referirse a los últimos períodos de
la vida social.
Tener
dignidad, hoy por hoy, parecería una utopía. Se resolverían muchos de los
problemas que entorpecen la existencia y agudizan la inseguridad y la miseria.
Faltaría una corriente de economía
y de política encauzada con dignidad para sentirnos justos y merecer haber
nacido como seres humanos.
¿Hacia
dónde vamos, sin dignidad en la justicia, en la educación, en el trabajo, en
los compromisos internacionales, en
las empresas, en las ideas
que conducen a ser más pobres y peor
desarrollados?
Un
proceso de dignificación, de aquí en adelante,
podría hacer el milagro del cambio
que cada conciencia ha anhelado. Sin utopías, sólo con el pensamiento
y la grandeza que la propia
naturaleza nos señala.
Es
cuestión de instrumentar una cultura que haga perdurables
los elementos propios de cada comunidad, que la historia recoge y
mantiene vivos en todos los tiempos.
Que
así sea.
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LOS
NIÑOS SACRIFICADOS DEL SIGLO
Escribe: Alberto Luis Ponzo
Nada
más sano y reconfortante que
recordar nuestra infancia. El mundo se ofrecía misteriosamente en ella, las
cosas existían con la mayor inocencia y plenitud de vida. Había una resignada
pobreza, como consecuencia del
aluvión inmigratorio y una dependencia a oscuros intereses que comenzaban a
causar graves conflictos entre los
más necesitados. No faltaban las huelgas, la protesta social, la represión
policial en tantos casos. Pero aún frente a tales circunstancias y
una vida nada fácil, recordamos una infancia fuera de toda violencia o
sacrificio, dentro de la clase menos privilegiada,
con las excepciones que se quiera. El niño, pues, contaba con los
beneficios de la educación y la salud, protegido
por ciertas medidas sociales y renovadoras de entonces.
La actualidad parece empeñada en sacrificar a ese ser que ostenta una
sabiduría esencial, despojada de
las mentiras que diariamente circulan hoy por
la sociedad.
Me
causa una profunda tristeza encontrarme a cada paso con seres cuya infancia ha
sido olvidada y encerrada en una
imperdonable estadística de pobreza, desolación y muerte. Hoy, los
niños de la calle tienen una mezquina idea del hombre y del orden social. Diría,
mejor, que sólo ven en el hombre al individuo que vive en la opulencia,
en casas modernas y confortables, que
puede gozar de su abundancia con
toda libertad... Así las cosas, su infancia debe prosternarse ante él, esperar
unas monedas, una mísera ayuda en cualquier esquina del país..
La mentalidad de millones de niños se ha devastado ante exigencias naturales y
necesidades humanas impostergables.
El
hombre, para ellos, es la causa de su desamparo, y peor aún: un instrumento del
conjunto social y mercantil del Estado
o el Gobierno, sea quien sea
quien haya llegado a la Casa Rosada. Este niño maltratado y excluido de los
proyectos de recuperación moral, sometido al peso de una experiencia
demoledora, sin escuela, padres sin ocupación y un medio de vida basado en el
servilismo más ingrato, es el más vivo ejemplo de injusticia
y prueba de la inutilidad de instituciones que hacen propaganda por el
mundo.
Es
verdad que siempre han existido capas sociales pobres, familias de recursos
insuficientes y penosas condiciones para acceder a la educación, a mejores
niveles de vida para
acceder a la salud y a lo que llamábamos progreso. Bastaría
recordar las
trágicas historias pasadas
y tantas fantasías políticas o ideológicas que no cambiaron jamás esta
situación de esclavitud.
LO
CIERTO ES QUE ESA PRODIGIOSA FUENTE DE INOCENCIA
QUE REPRESENTA LA VIDA
INFANTIL, CON INMENSAS
VIRTUDES Y ORIGINALES FACULTADES PSÍQUICAS,
SE SECARÁ FATALMENTE CON LAS
ACTUALES CONDICIONES DE EXISTENCIA. Y EN ESA MISMA FUENTE
DESAPARECERÁN LOS FUTUROS HOMBRES DE CIENCIA, TRABAJADORES,
EDUCADORES, MÚSICOS, POETAS
O QUIENES DESEABAN ELEGIR UNA ENSEÑANZA RELIGIOSA.
Que
no lleguemos a ver semejante realidad es,
más que una esperanza, la más alta fe en el futuro de nuestro país. (Octubre 2004)
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Escribe: Alberto Luis Ponzo
¿Quién fue Macedonio Fernández, o Macedonio a secas, como se le nombra en el ambiente artístico de nuestro país y en el extranjero? Para algunos, un autor que mostraba “el estilo de lo argentino” como pocos de su época. Para otros, más pensador que escritor y “el primer metafísico argentino”. No faltó la opinión de Jorge Luis Borges, que lo imitó “hasta el plagio” y consideraba que no había nacido para la escritura, ”sino para pensar”. En realidad era un Maestro sin reconocimiento de sus discípulos, que lo veían como un “personaje excéntrico” entre los modernistas y neorrománticos.
Había nacido en Buenos Aires, hijo de una familia burguesa y quizás más interesada en los negocios que en la filosofía: “El Universo y la Realidad y yo nacimos un 1º de junio de 1874”, afirmaba en una supuesta relación metafísica. Este nacer en sí y en el mundo llegó al “todo-misterio” de su muerte un 12 de febrero de 1952.
Poco se sabe de los primeros años de su vida y de su abandonada carrera de Abogado. Lo que sí se ha recordado, aparte de otras cosas menos trascendentes, fueron los libros concebidos entre 1920 y 1922, que se conocieron después de su muerte. Las crónicas prefieren seguir sus pasos cuando se relaciona con los poetas y narradores de la llamada “Generación del 22”, más jóvenes que él y hoy ya famosos como Borges, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez, Raúl Scalabrini Ortiz, Xul Solar, entre otros. A éstos se sumaría la presencia del celebrado narrador moronense Santiago Dabove, autor de “La muerte y su traje”, presentado el año pasado en la Biblioteca Municipal.
Siendo “una de las mayores figuras de la Literatura argentina”, Macedonio no daba ninguna importancia a sus escritos y no era su ambición publicarlos por ser, según decía, “tareas subalternas”. “ Era un puro contemplativo–escribió un crítico- que a veces condescendía a escribir y muy contadas a publicar” Fuera lo que fuese, sólo se trataba de sus “papeles” y así se conocieron por primera vez en 1929, gracias a la insistencia de algunos amigos: “Papeles de recienvenido”.
Si bien luego a este bautismo literario siguieron nuevos títulos, no era Macedonio disciplinado y cuidadoso de su obra. . Por esta actitud despojada y más inclinada al diálogo que a los libros, muchos de sus “papeles” quedaban en distintos hoteles de barrio y jamás fueron encontrados. Valiosos manuscritos, como “Elena Bellamuerte” de 1920, aparecieron en una lata de galletas.
Este “personaje” tan distraído como genial “supo conjugar en grado eminente la condición de humorista con la de metafísico” Leer a Macedonio significó para mí el doble placer de los hallazgos de un pensamiento originalísimo y las “salidas” del espíritu a través del humor más sorprendente. Se presentó una vez a sí mismo,, en uno de sus relatos diciendo que era “un filósofo muy conocido en su barrio”... Y en otra obra ya clásica, aclaró: “Esta será la novela que más veces habrá sido arrojada con violencia al suelo y otras tantas recogida con avidez. ¿Qué otro autor podría gloriarse de ello?”
Escritas en cuadernos y libretas infinitas,” carecía de la vanidad típica del escritor” ,dejándonos ideas, reflexiones, enseñanzas recogidas como determinantes de la mejor narrativa de estos tiempos Recordaremos estas frases admirables: “Si de cuando en cuando no hubiera alguien que arrancara a los hombres de su ávida persecución del dinero, no valdría la pena de que la humanidad continuara reproduciéndose para obrar todos como autómatas repitiendo el mismo mecanismo del lucro.”
¡Cuántos escritores de hoy y de mañana, deberían tener en cuenta estas “reglas” de escritura y de Vida, de rigurosa actitud moral y estética:
“Escritores:
Merezcamos la Humanidad engañada por el Arte Condescendido. Rehagamos la gracia, ofendida de la Solemnidad, del Gran Asunto de la Sonoridad, el Colorido, la Bonitez, la Unidad, la ¡Perfumada! Prosa, la profusa comparación imprecisa, el Arte proselitista de doctrina, la prosa rimada y medida, la doble primitivez de Compás y Simetría, las galanuras...”
MACEDONIO FERNÁNDEZ
(Carta a Gabriel del Mazo)
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OBRAS DE MACEDONIO
1828 – “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. M. Gleizer, Editor.
1929 - “Papeles de Recienvenido”. Cuadernos del Plata.
1940 - “Una novela que comienza”
1944 – 2ª. Edición de ampliada de “Papeles”... y “Continuación de la Nada.”
OBRAS POSTUMAS
1953 – “Museo de la novela de la eterna”
“Poemas” (México)
1964 – “Papeles de Macedonio”, recopilados por su hijo Adolfo de Obieta.
1976 – Obras Completas (Papeles antiguos, Epistolario, Teorías, “Adriana Buenos Aires”,
Relatos y Misceláneas, etc.) Editorial Corregidor.
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Escribe: Alberto Luis Ponzo
Puede parecer algo curioso, por lo imposible de que suceda en nuestra realidad, lo afirmado por el gran poeta peruano César Vallejo: “El hombre cesará de vivir comparándose con otros para vencerlos. No buscará ningún récord. Buscará el triunfo libre y universal de la vida”.
Curioso o no tanto, tal vez fuera del tiempo que hoy vivimos sin muchas esperanzas de cambios profundos, el autor de “Los Heraldos Negros” había pensado en una utopía o una idea sin duda racional y poética, mientras contemplaba los hechos sociales más aberrantes de su época: la explotación de los indios peruanos, el desamparo y el hambre, entre sus hermanos americanos, y más tarde en Europa los acontecimientos que llevaron a los pueblos a la guerra en confrontaciones irreparables, por todos conocidas.
Lo cierto es que si llevamos a nuestros días aquella hermosa idea del porvenir, muy pocas razones tendríamos para creer que Vallejo deliraba o estaba exagerando. Confirmaría sus reflexiones la situación de gran parte del mundo social y cultural de la Argentina, o por lo menos llevaría a modificar de alguna manera el “estilo” de vida, los hábitos y ese indeseable sistema de “compararse con otros para vencerlos”.
Si bien en el deporte, como en otros casos de sana competencia, es natural que haya triunfadores y vencidos, lo que Vallejo insinuaba es la actitud de superioridad, de hacer lo imposible por lograr ventajas sobre los demás, de emplear para superarlos los recursos más desleales e inhumanos.
Cuando intervienen, por ejemplo, factores económicos o de carácter social, es injustificable llegar al poder individual con absoluto desprecio por las consecuencias sobre los otros. Aquí podría hablarse de otro tipo de “deporte” y de distinto “récord”: el de la lucha para ocupar lugares de privilegio, para obtener grandes beneficios monetarios y prestigio dentro y fuera del país, ante un alto porcentaje de “vencidos”: hombres y niños en la pobreza, la indigencia y ese otro “récord” que es la amenaza de muerte.
Es reconocida la originalidad y hondura humanística de la obra poética de aquel mestizo genial que revolucionó la literatura de su tiempo, dejando enseñanzas más allá de un lenguaje renovado y fraternal. Citemos unas palabras, que explican mejor que cualquier razonamiento el deseo de hacer posible, algún día, “el triunfo libre y universal de la vida”:
de una mañana eterna, desayunados todos”...
Esta y otras “utopías” de César Vallejo parecen lejanas visiones o preanuncios de las transformaciones que pueden ocurrir en el futuro. ¿Es tan increíble un mundo con experiencias más naturales y posibles a través de los actos del hombre? Vallejo, poniendo en juego su imaginación junto a la necesidad de justicia y felicidad comunes, era definido por José Carlos Mariátegui como “un precursor del nuevo espíritu, de la nueva conciencia”. Otro importante escritor y profundo conocedor de la obra del poeta, Antenor Orrego,
había dicho que con gran sencillez y maestría “retrae hasta su origen la esencia del ser”.
Una esencia, pues, tan soñada como el mejor estímulo para nuestra diaria actividad, frecuentemente marcada por los abominables sucesos sociales y políticos de nuestro tiempo.
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En estos días asistimos a muchas formas de la injusticia social: a la de la riqueza volcada como siempre en sectores minoritarios, a la de un desempleo que provoca peligrosos desequilibrios en la vida corriente, a la injusta distribución de la cultura, a la alteración permanente de las condiciones ambientales, etc. Si buscáramos soluciones, o al menos tomáramos mínimas medidas para mejorar la realidad del país, quizás habría que empezar por la cultura.
Digo esto porque considero a la cultura como un todo que merecemos y que no deja nada de lado, por tratarse de un derecho y una obligación por una vida más digna y menos humillante para la mayoría de este país de horrorosos episodios políticos y sociales, desde décadas pasadas.
Pero volvamos a la Cultura, ese todo que no sólo comprende el saber, el tener una idea acerca del mundo, de la sociedad, del progreso científico e intelectual. Ese todo que es lo que rodea y caracteriza al hombre dentro de un orden determinado con leyes y principios establecidos desde hace siglos. Y nada de eso nos dice que el ser humano debe pasar hambre, vivir en la miseria, buscar en vano una existencia sin estrechez económica para disfrutar de los beneficios de lo que el país produce.
Dar cultura sería, sin ninguna ambigüedad, dar educación para sobrevivir; dar alimentos para tener mayores posibilidades de crecer mental y físicamente; dar trabajo para no tener que renunciar a ninguno de los bienes familiares y sociales; dar conocimientos para poder elegir el trabajo o la profesión que interese más, para uno mismo y el desarrollo material del pueblo.
A esta distribución de cultura me refiero al realizar la nota de este mes .No podemos negar que existen emprendimientos de poderosas empresas para torcer este ideal de cultura, imponiendo para el consumo únicamente lo que da cuantiosos beneficios, ya sea con libros o con otros productos del mercado.
Busquemos, pues, una manera de quebrar este cerco de inaceptables intereses comerciales, orientando nuestro quehacer hacia la cultura total, como la que han concebido importantes estadistas, políticos honestos y pensadores trascendentes de nuestra historia. ¿Será este empeño un imposible para nuestro tiempo? Vale la pena que cada uno haga algo a favor de lo posible.
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EL "PROCESO" EN LA SOCIEDAD FOMENTO DE CASTELAR
Hace pocos días el país entero recordó uno de los procesos más crueles e insensatos de la historia política y social: el asalto a la Democracia con todos los horrores que han sido documentados en estos años: secuestros, torturas, violaciones, desaparición de miles de personas, censura en todos los medios, etc. Si bien esos hechos criminales fueron ocultados a la mayor parte de la población, hemos vivido de cerca algunas de las bárbaras y sangrientas “aventuras” de aquellos gobernantes de facto que tomaron en sus manos los destinos del país, arrasando libertades y derechos humanos.
Quiero recordar que el “Proceso” –así llamado para generalizar los atropellos y demás actos autoritarios e inhumanos– llegó a las puertas de nuestra Sociedad, imponiendo vigilancia permanente a la hoy llamada “Salita”, bajo sospecha de tener en su seno personas de ideas extremistas. Además de ver en la entidad aquellos individuos armados como si temieran que entraran o salieran entre los socios elementos “subversivos”, en una oportunidad tuvimos la “visita” de un despreciado personaje que justamente vivía a pocas cuadras, en la calle Almafuerte: el General Bignone. En esa época, quien escribe este Kiosco era Presidente y por casualidad estaba en la Sociedad con otros miembros de la C.D. El General había ido a la Iglesia, y al pasar quiso conocer por dentro aquella “entidad de Bien Público”, a la que nunca había solicitado ningún servicio... ¿Quién podía llevarlo a recorrer el interior de la Sociedad, los consultorios, la administración? Pues el Presidente, que con lógico desagrado y sin decir una sola palabra, caminando al lado del General, le fue mostrando la Sala de Auxilios con apresuramiento, deseando que se alejara de allí lo antes posible.
También nos llegó la censura más rigurosa al periódico “La Voz de Castelar”, prohibiendo todo artículo de interés económico, cultural o de actualidad comunitaria. Si leemos los números de aquellos años, el lector podrá comprobar cómo buscamos la manera de “opinar” y dar informaciones locales, con tal sutileza que nunca corrimos el riesgo de ser “sancionados”...
En otra oportunidad fui citado a la Comisaría de Morón para dar cuenta de lo que se hacía en la Salita, qué funciones cumplía como Presidente, quiénes eran las personas que integraban la Comisión Directiva, de dónde provenían, etc.
A todo esto, debe recordarse que recibí más tarde otra citación, esa vez para presentarme en Villa Tessei, en conocimiento de que editaba una revista literaria, en cuyo último número el recordado y querido artista Salvador Galup, socio de la entidad, había dibujado al poeta chileno Pablo Neruda. Querían saber si la revista contenía artículos políticos contrarios a los estrictos fundamentos del “proceso de reorganización nacional”. Como el funcionario principal había tenido que viajar a La Plata, me dejaron ir sin hacer otras preguntas.
Y finalmente, mientras estaba atendiendo en mi consultorio, recibí la visita de tres individuos muy “curiosos” por mi actividad profesional y cultural, que poco después de asegurarse que no recibía ningún “apoyo de Cuba”, decidieron irse, diciendo uno de ellos: “Me parece que nos equivocamos”... (Recuerdo que me quedé casi paralizado al recordar que entre mis libros de odontología había guardado los últimos números de la revista “Encuentro” con un dibujo en la tapa de Salvador Allende, como homenaje al pueblo chileno (diciembre 1973).
Hoy pienso que mi libertad estuvo al borde de lo que tantos argentinos padecieron, como los desaparecidos Fabio y Alicia, quienes fundaron y dirigieron uno de los primeros grupos teatrales de Castelar, dentro de la Salita. Su lineamiento en defensa de la democracia y contrario a toda política represora, determinó que fueran secuestrados días después de una de sus actuaciones.
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(Desaparecido el 1º de junio de 1977)
mi voz está en su sitio
el corazón sabe algo más porque me duele
por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos
y que el alma viva entre perros hambrientos
___º___
uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos
y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia
hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente
____º____
nunca dije
mi lágrima fue grande
sufrí
no me quisieron
cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia
(De “Las cosas claras”, 1974)
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La “inocencia” moderna habla del poder como si fuera uno: de un lado, los que lo tienen; del otro, los que no. Creíamos que el poder era un objeto ejemplarmente político; ahora creemos que también es un objeto ideológico, que se introduce allí donde no se lo escucha de entrada, en las instituciones, las enseñanzas; pero que, en suma, es siempre uno. ¿Y si, sin embargo, el poder fuera plural, como los demonios? “Mi nombre es Legión”, podría decir; en todas partes, por todos lados, jefes, aparatos –masivos o minúsculos–, grupos de opresión o de presión; por doquier voces “autorizadas” que se autorizan a hacer escuchar el discurso de todo poder: el discurso de la arrogancia. Entonces, adivinamos que el poder está presente en los mecanismos más finos del intercambio social; no sólo en el Estado, en las clases o en los grupos, sino también en las modas, las opiniones corrientes, los espectáculos, los juegos, los deportes, las informaciones, las relaciones familiares y privadas y hasta en los impulsos liberadores que intentan impugnarlo. Denomino discurso del poder a todo discurso que engendre la falta y, por consiguiente, la culpabilidad del que la recibe. Algunos esperan de nosotros, intelectuales, que nos agitemos, en toda ocasión, contra el poder; pero nuestra verdadera guerra está en otra parte. Ella se libra contra los poderes y no es un combate fácil, puesto que el poder, plural en el espacio social, es, de modo simétrico, perpetuo en el tiempo histórico. Expulsado, extinguido aquí, reaparece allá; jamás perece, si se hace una revolución para destruirlo, enseguida va a revivir, a retoñar en el nuevo estado de cosas. La razón de esta resistencia y ubicuidad reside en que el poder es el parásito de un organismo trans-social, ligado a la historia entera del hombre y no solamente a su historia política. Este objeto en el que se inscribe el poder, desde toda la eternidad humana, es el lenguaje –o para ser más preciso– su expresión obligada, la lengua.
(De la lección inaugural de la Cátedra de Semiología Literaria en el Collegue de France, dictada el 7 de enero de 1977. Traducción: Jorge Montgomery, Editions du Seuil, 1978).
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